El Quijote mexicano tiene apellido catalán. Se llama Arturo
Morell. El título se lo otorgó una universidad de Canadá por su
esfuerzo en favor de la divulgación de la novela de Miguel de
Cervantes. Morell ha pedido unos días de vacaciones en el consulado
en Miami, donde ahora dirige el Instituto Cultural de México, para
ir a la cárcel de Atlacholoaya, en el estado mexicano de Morelos.
A pesar de haber sufrido un grave accidente durante el camino,
Morell empuña el micrófono hasta hacer reír y llorar a los reos que
van a interpretar los personajes de Cervantes. Porque, entre los
presos o los policías, entre los jóvenes o los emigrantes, este
hombre es, como él mismo se define, "un sembrador de cultura".
La espiral de libros
Hace tres años, este exactor y expresentador de televisión
convertido en diplomático formó en el Zócalo, la gran plaza de la
ciudad de México, "la espiral de libros más grande del mundo"
alrededor del asta de la bandera. Cada 400 libros colocaba un
ejemplar del Quijote, "como eslabón en el crecimiento de la
espiral", mientras comentaba: "Hacen falta Quijotes en el
Zócalo, en México, en Latinoamérica". Los 11.000 libros fueron a
parar a las cárceles. Y él, como "moderno Quijote cabalgando por
el mundo", también.
Morell conocía ya más de cien prisiones gracias a la intensa y
creciente participación penitenciaria en el Festival
Hispanoamericano de Pastorelas (representaciones navideñas como los
Pastorets) que organiza desde 1993. Dispuesto a demostrar que
"la cultura es el mejor vehículo de readaptación", los 400
años de la publicación de la obra de Cervantes le dieron la excusa
para crear Don Quijote: un grito de libertad, una versión
libre del musical El hombre de la Mancha.